jueves, 11 de junio de 2015

Rumbo al Pio XI



El objetivo principal a conseguir en Pto Edén -además de caminar y la docena de huevos- era contratar Sailmail. Al hacerlo indicaban que la confirmación podía tardar hasta una semana así que nos hicimos al ánimo de pasar una semana en el pueblito (encantados). Pero al día siguiente ya estaba el servidor en marcha, y tres noches después de echar el ancla en Edén, la previsión era de ¡tres días de sol!. Si gestionábamos bien el tema podíamos intentar visitar el glaciar Pio XI, según las guías el glaciar más ancho que llega al mar en todo el mundo, difícil de llegar -especialmente en esta época- porque hay que remontar 17 millas hacia el norte...

Salimos con luz del día de Puerto Edén para dirigirnos al primer fondeo, caleta Lucrecia, con un día de verdadero sol aunque poco viento. Estando ya cerquita, revisamos la meteo y daba vientos moderados pero cambiantes de dirección para la noche así que preferimos Puerto Grappler (49°25'4S 074°17'9W); dejamos caer el ancla tras un islote, rodeados de cumbres altísimas, el agua un remanso de paz, sin necesidad de atar cabos a tierra... no se podía pedir más.


Tras una noche tranquila, a las 9 con las brumas del amanecer ya estábamos en camino.



Yo no había dormido bien imaginándome el glaciar, el cómo llegar...
30 millas de camino. Al girar el cabo que nos tenía que llevar al fiordo que sube a la lengua de hielo, empezamos a ver témpanos (muchos, grandes) flotando a nuestra proa. Yo -con mis miedos- vi frustrado el camino al Pío XI, Johan -sereno- dijo “vamos a ver”.



El hielo salía como si lo regalaran del seno Falcón, un brazo coronado por las montañas más bonitas que yo haya visto hasta el momento, blancas, brillantes bajo un sol maravilloso.



Johan iba gobernando la rueda con maestría, esquivando pedacitos de hielo y verdaderas puntas de icebergs, miraras donde miraras solo había hielo... sin embargo, Johan -prismáticos en mano- dijo que parecía despejar en un par de millas, que todo el hielo venía de Falcón y no del Pío, que lo íbamos a intentar.


Y tras dos millas (una hora) cansinas (para Johan que llevaba la rueda) y maravillosas para mí (que no podía dejar de mirar las montañas nevadas, su reflejo en el agua, el paisaje casi sin sentido de tan bonito), teníamos el camino limpio y libre hasta el Pío XI.


17 millas y la necesidad de pasar la noche fondeados en la Caleta Elisabeth junto al glaciar porque no había como regresar en una sola jornada.


 El sol brillaba. Somos gente con suerte.


No hay comentarios: